Renacimiento

Terremoto en Haití
El martes 12 de Enero de 2010, estaba en Puerto Príncipe. Y aquél día, a las 17.01h, viví la mayor catástrofe en la historia, de por sí trágica, de este pequeño país: un seísmo de 7.3 grados de magnitud. El momento del seísmo fue horroroso, trágico. Las réplicas que se sucedieron a lo largo de la primera noche y los días sucesivos (más de tres días) no fueron más tranquilizadoras. Al caer el sol, este día, se empezaron a oír gritos, llantos, lamentos… el desconsuelo de madres que buscaban a sus hijos entre los escombros, la desesperación de padres intentando reencontrar al resto de su familia. Poco después, al cabo de unas horas empezaron a llegar los problemas: escasez de agua, de comida, ausencia de luz, de gasolina, inexistencia de servicios, de los más básicos … La población estaba abandonada a su suerte, desamparada, sin información, sin orientación, sin ayuda… Dormíamos en la calle. Todos. No teníamos casa o no nos fiábamos de la casa que nos había quedado. Los que estábamos, estábamos juntos, pegados unos a otros, dándonos aliento y, ante tamaña desgracia, dábamos gracias a Dios por estar vivos. Es descorazonador ver como se quiebra la vida a tu alrededor y no poder hacer nada para ayudar o mitigar ese dolor. No se podía hacer nada!
Casas con familias enteras, edificios comerciales, edificios del gobierno, hospitales, escuelas, universidades, iglesias católicas… todo destruido, pero lo más trágico y doloroso con personas dentro. Muchas de ellas muertas y otras agonizando, durante horas, algunas de ellas y durante días otras. Sus lamentos helaban el corazón.
Te das cuenta, entonces, de cómo están construidos los edificios; no hay vigas, todo es cemento, arena, pero sin atender a ningún tipo de planificación o control urbanístico. Pisos que se elevan unos encima de otros, casas que se apilan sin ningún control convirtiéndose, actualmente, en “el mayor cementerio de la ciudad”.

Puerto Príncipe quedó practicamente en ruinas
Es terrible pensar que un número considerable de los muertos que se han producido en Haití (niños, adolescentes, adultos, ancianos) hayan sido “muertes anónimas” porque no hay constancia sobre su nacimiento, sobre su existencia y, por lo tanto, no existen. Pero sí que existen, son personas que sienten , que viven y que tienen familia.
Hemos de pensar y reflexionar que todos tenemos un poco de culpa. Si las cosas se hubieran hecho bien, si hubiera habido una legislación y un control sobre las normas de construcción y sobre los materiales utilizados, si las ayudas internacionales se hubieran preocupado y hubieran controlado el destino final de la ayuda, si el pueblo llano hubiera sido el mayor beneficiario de dicha ayuda, si los “términos de referencia” no hubieran “sumergido” el “interés común” en la elaboración de los proyectos, dando un protagonismo excesivo a los despachos, si … ; seguramente no estaríamos hablando de tantos muertos.
Pienso que esta situación tan trágica y traumatizante para todos nos ha de ayudar a hacer las cosas bien. Hay que construir una ciudad nueva, con servicios sanitarios, escolares, universidades, edificios de gobierno, iglesias… Si de esta desgracia surge una ciudad moderna, adaptada a las normas internacionales, donde no se pueda volver a dar esta misma situación y sobretodo, donde no tenga cabida ya el abandono de sus ciudadanos por parte del gobierno, los cientos de miles de muertos, haitianos, españoles, tunecinos, pakistaníes, brasileños, causados por este terremoto del 12 de enero, no habrán muerto en vano.
Estamos obligados a hacerlo bien por los que se han ido, los cuales quedarán en el recuerdo de todos los que hemos vivido esta tragedia, y de los que quedan; los cuales han de afrontar “un futuro sin futuro”. Caminando, vagando por la ciudad, pero sin saber a dónde ir porque lo han perdido todo y a toda su familia.
Pero si algo me ha llamado la atención y quiero destacar es que nadie puede poner en duda la fortaleza y la solidaridad del pueblo haitiano ante las dificultades, ante las catástrofes y su adaptación a los nuevos marcos de referencia que les toca vivir por duros que estos sean.

Campamentos improvisados
Ahora, 5 días después, he podido dejar Haití, por tierra, por el paso fronterizo de Malpasse, y descanso en un hotel de Santo Domingo antes de emprender viaje hacia España. Las imágenes de lo vivido, los gritos, los olores y sobretodo los movimientos del suelo, siguen persiguiéndome. No puedo evitar pensar que yo también tengo mi parte de culpa, no por no haber hecho las cosas de forma adecuada sino por no haber defendido con mayor agresividad mis ideas y no haber luchado con más fuerza contra lo que se estaba haciendo mal. Mi mayor deseo, ahora, es que esto plantee un cambio en la cooperación y que sirva para que todos aprendamos de los errores cometidos: los locales y los foráneos.
Santo Domingo, 17 de Enero de 2010
Ana Belío Chesa
Presidenta de la ONG GRAPPH (Grupo de Ayuda Permanente al Pueblo de Haití)

